sábado, 29 de noviembre de 2008

La Misa NO ES una fiesta (I)

Un artículo propio sobre la Santísima Eucaristía y su definición

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Escrito por Padre Rafael Luis Rojas Larenas


La renovación de la Liturgia Sagrada posterior al Concilio Vaticano II y sus reformas adquirieron niveles tan grandes y notorios que pareció no quedar nada de la antigua forma de celebrar. Muchos de estos cambios fueron hechos con sabiduría y amor, otros fueron más bien apresurados: preparados desde años por el movimiento litúrgico y en lo inmediato por comisiones de expertos, pero presentados a los fieles de manera brusca a veces bajo la política de los hechos consumados. Muchos de los aciertos de la reforma fueron obscurecidos, desde el primer momento por interpretaciones post-conciliares que nada tenían que ver con el Concilio.

En cuanto a la reforma general, se trató de mostrar una Iglesia más cercana; el Beato Juan XXIII quiso presentar las verdades perennes de la fe con un lenguaje más accesible a la comprensión de todos. En su Discurso inaugural el 11 de Octubre de 1962, el Santo Padre señaló que uno de los principales fines del Concilio sería “transmitir la doctrina pura e íntegra (de la Iglesia) sin atenuaciones” sin embargo advierte que “una cosa es el depósito mismo de la fe, es decir, las verdades que contiene nuestra venerada doctrina, y otra la manera como se expresa; y de ello ha de tenerse gran cuenta”. En el lenguaje de la Lógica, se quiso buscar nuevos términos que expresaran más comprensiblemente los mismos conceptos.

Lamentablemente lo que era una delicada misión -la transmisión de la fe- se escapó de las manos e, inconscientemente unos y muy conscientemente otros (casi al modo de programa), acomodaron demasiado las verdades a los criterios del mundo en vez de conducir a los hombres a conocer los criterios de Dios. De esta forma hubo, a mi parecer, un gran fracaso en el objetivo trazado por el "Papa bueno". Esto que puede parecer una opinión muy descabellada, baste con comprobarla preguntándole a un niño de catequesis de Primera Comunión sobre qué entiende él por Eucaristía, valga lo mismo a un joven que se va a confirmar sobre qué significa el sacramento al que se prepara o preguntar en una asamblea dominical sobre los métodos anticonceptivos, su valoración moral y su imcompatibilidad con la vida cristiana; es tan distinta la verdad revelada a las pocas “verdades” que los fieles conocen y por lo tanto, menos se puede pedir coherencia moral con una fe desconocida o tergiversada.

En estos años se ha ignorado en gran medida que la Iglesia nace del costado de Cristo, que está compuesta por hombres pero que tiene un origen divino sin el cual no podría subsistir y, más que preguntarse "qué Iglesia quiere Dios de nosotros", nos preguntamos "cuál es la Iglesia que nosotros queremos". Frente a esto hay que mencionar que la Iglesia no es una construcción humana que dependa de nosotros como en una democracia (lo contrario sería un tipo de herejía llamada conciliarismo), ni tampoco depende de los esfuerzos que pongamos en ello (como sería la lógica de la herejía pelagiana); la Iglesia es un don de Dios, es la Madre y Maestra de nuestras vidas, es la Esposa de Cristo sin el cual ella no puede vivir.

¿Y por qué esta introducción para hablar de la Misa? Porque lamentablemente en el esfuerzo por volver más accesible las realidades eternas al pueblo santo de Dios como la Eucaristía, la Iglesia y el mismo Dios se produjo un cambio tal en los términos que ha llevado consigo un cambio en la manera de comprender los conceptos, muchas veces cambiándolos y otras veces pervirtiéndolos. Esto se produjo más al nivel de los teólogos y de las catequesis populares ya que en la enseñanza oficial de la Iglesia siempre ha existido una extraordinaria coherencia interna. Lo que pasa en los documentos es tan distinto a lo que pasa y se enseña en la realidad –una hermenéutica de la ruptura- que parece haberse producido un divorcio entre la “teoría” y la “praxis”; el magisterio y la enseñanza real como mundos paralelos.

En el ámbito pastoral y popular comenzaron una serie de catequesis bien encaminadas en su origen, pero descarriadas en las décadas posteriores. Se podría decir que fueron tantas las teologías y teorías divergentes entre si y distintas de la doctrina de siempre, que surgieron en los 70 y 80, que no hubo campo de la teología que no fuera cuestionado y, todavía es común escuchar “antes era así: malo” pero “ahora es asá: bueno”, “antes la Iglesia era muy lejana, ahora es más cercana”, “antes las misas era en latín y nadie entendía nada, ahora son en el idioma propio y todos entendemos”, “antes la misas eran aburridas, ahora deben ser entretenidas” etc, es decir, según esto, la Iglesia se equivocó por siglos, pero ahora recién encontró su camino.

Dentro de las más desafortunadas e infelices nuevas palabras o definiciones a mi modo de ver, está la de decir que la Misa (generalmente se dice misa y no Santa Misa) es una fiesta. Yo lo he escuchado en muchas ocasiones, incluso en una simpática canción para niños que dice “estamos de fiesta con Jesús, y al Padre queremos ir; estamos reunidos en la mesa y Cristo nos va a servir”. Generalmente el que enseña esta nueva definición lo hace como queriendo mostrar una novedad, como si hubiera descubierto la esencia oculta, una luz de verdad, llamada a interpelar, cuestionar y finalmente producir en el oyente la alegría por un gran descubrimiento velado hasta ese momento a sus ojos.

Pero ¿qué es lo que en realidad se produce? El término fiesta a secas no evoca lo religioso, como sí lo puede hacer en cambio la “fiesta” patronal, la “fiesta” del Sagrado Corazón, etc. En estos casos se entiende qué se celebra –en el sentido popular y no litúrgico de celebrar-. Un acontecimiento festivo para la comunidad: una procesión, el encuentro de las personas del pueblo para honrar una vez al año a su patrón o patrona y pedirle protección, un acontecimiento del año litúrgico, etc, todo eso con tambores, comercio y alegría, con flores, incienso y cantos.

Pero al decir simplemente que la Misa es una fiesta se fuerzan, según mi parecer, artificialmente dos ideas diversas al sentido común y que no logran reconciliarse con facilidad. La Santa Misa evoca y ha evocado un momento más bien sagrado, distinto a lo cotidiano, silencioso, que se celebra en las iglesias que son lugares donde se debe guardar silencio para poder hablar con Dios y para que él nos hable a nosotros. Y fiesta, a secas, suena a bullicio, jolgorio desenfrenado, incluso a un niño le suena a globos y papeles y a un joven a un baile, a la noche, a las luces de discoteca terminados para muchos con la corona de algún flirteo. Cómo va a ser entonces la Misa una “fiesta”… en estos años no han faltado los que han devaluado la Eucaristía con ésta y otras definiciones pobres y simplonas como banquete, comida, encuentro fraterno, encarnado e inculturado, etc. y han llenado los templos de bullicio, de papeles y globos, de posters, letreritos y aplausos y, sobretodo, de una actitud que yo creo no es la querida por el Señor en la Última Cena. Cuando se explica que hay que entender la Misa como la fiesta donde me lleno de gozo por ser un encuentro con el Señor (realidad que se da por cierto sobretodo en la comunión eucarística) uno puede terminar convenciéndose, no del todo en un principio y finalmente auto-convenciéndose de que esta definición es adecuada, confiando más en la autoridad, los años o la simpatía de quien la enseña que en la fuerza lógica que podría tener.

La verdad es que la Misa no es una fiesta. Por lo menos no al modo en que se presenta. El magisterio en sus definiciones no define así a la Eucaristía. Baste ver la respuesta del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica a la pregunta clara ¿Qué es la Eucaristía?: “La Eucaristía es el sacrificio mismo del Cuerpo y de la Sangre del Señor Jesús, que Él instituyó para perpetuar en los siglos, hasta su segunda venida, el sacrificio de la Cruz, confiando así a la Iglesia el memorial de su Muerte y Resurrección” (271).

La Misa o la Cena del Señor es la actualización del sacrificio de la cruz, es el mismo sacrificio de la cruz que se perpetúa por los siglos (Cfr. Concilio Ecuménico Tridentino, Sesión XXII, Doctrina sobre el Santísimo Sacrificio de la Misa, capítulo 1; cfr. Pablo VI, Solemne profesión de fe, día 30 de junio de 1968, núm. 24). Pero quién habla de ello, quién sabe de esto y sobretodo quién lo comprende… nadie. Llamar a la Misa fiesta como si fuera su definición primera ha sido un error pastoral y espiritual. En todo caso este tipo de cosas responde a un conjunto de errores y empobrecimientos.

La Misa es el sacrificio de Cristo, es puro don; no depende del estado de gracia del ministro y, aunque nadie comulgue (excepto el sacerdote que está obligado a hacerlo como parte del Santo Sacrificio), Jesucristo de todas formas se ofrece por nosotros. En cierto sentido la comunión eucarística es algo secundario ya que la Eucaristía no depende del hecho que los fieles comulguen o no. Por algo la Iglesia manda a ir todos los domingos a Misa pero comulgar por lo menos una vez al año. Secundariamente derivan para nosotros y nuestra salvación una serie de consecuencias con las cuales Dios atrae a sus criaturas predilectas hacia si: “Es signo de unidad, vínculo de caridad y banquete pascual, en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la vida eterna” (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica 271). Por esto también el Santo Sacrificio es un banquete pero no cualquier banquete, sino el banquete pascual del amor de Cristo. Es encuentro entre la comunidad y Dios y entre la comunidad entre sus miembros pero convocada por Otro y no auto-convocada. Es prenda de vida futura y por lo tanto de gozosa espera en medio de un mundo de alegrías y penas, distinta de la fugaz alegría de una cultura que busca entretención y de corazones tambaleantes por sus estados de ánimo.

Llamar a la misa fiesta es correr el riesgo de reducirla a un mero acto semipelagiano y mundano. Se puede caer en el pecado de acomodar a Dios a nuestra mente en vez de nosotros acomodarnos a su Palabra.

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