miércoles, 3 de diciembre de 2008

Cardenal Martini... Lutero

Aparecido en Lex Ecclesiae el 20 de noviembre
Otra vez Martini Lutero


Perdón ...el cardenal Carlo María Martini que fuera un verdadero monstruo sagrado para muchos, y del que en realidad durante buen tiempo leí sus escritos sobre exégesis bíblica, debo decir que me daba gran gusto, tenía la sensación de un hombre de gran sentido eclesial y conocedor de la Sagrada Escritura. En ese momento era el cardenal arzobispo de Milán.

Pero después de su retiro por edad, y sobre todo desde que asume el pontificado el Santo Padre Benedicto XVI, empezó a hacer declaraciones demasiado polémicas que creo en este último libro Coloquios nocturnos en Jerusalén, ha llegado como hasta el máximo posible, según el comentario que reproduzco de religión digital, sobre todo por ser un hombre consagrado obispo, a su edad, y formante del presbiterio de la diócesis de Roma.

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¿Qué le ha pasado al cardenal papabile? Hay muchas respuestas, una es que ahora se siente libre para hablar, para decir lo que pensó, y a esto respondo que cuando uno no dice la cosas a tiempo mejor después es callarse, y poner delante de Dios lo que se calló, por otro lado, no habla bien de nadie el no decir las cosas tal como uno las entiende, simplemente porque está en uso de un oficio, ¿que pasó?, ¿qué pretendía con el silencio?, otros hablan de que tiene mucho tiempo libre y a esto digo que bueno, hay tantas cosas que el cardenal podría hacer de bien, entre otras seguir estudiando y escribiendo o disertando sobre lo que está preparado la Sagrada Escritura, otros sugieren que tendría un poco de parkinson, sabemos que esta enfermedad altera las funciones, y allí la solución diría yo, a mi humilde entender, es que su congregación, amigos, o la misma Santa Sede, debiera contenerle, pero escribir no sé, me parece que no, en esto para nada quiero decir que no tenga lucidez, pero...

PRIMERO: Ya no es "máximo exponente de la Iglesia Católica”. Lo fue, y de gran prestigio, claro que cuando no pensaba en voz alta como lo hace ahora.

SEGUNDO: Si de consejos se trata al Romano Pontífice, podría hacerlo en forma personal, y segurísimo que sería atendido con aquella delicadeza y atención que sabemos siempre ha tenido el Cardenal Ratzinger. Hacer públicas estos pensamientos en temas tan delicados, no me parece una contribución a la paz, a la comunión y al fortalecimiento y progreso de la fe.

TERCERO: Todos los cardenales por ser tales, aunque no sean electores, pueden ser, en situación de sede vacante, obispo de Roma. Papables son todos, y hasta los no cardenales para ser más técnicos. Cierto que Martini sonaba con mucha fuerza, pero no fue.

CUARTO: Hay que entender, pero sobre todo, los que son hombres de fe, que en las materias en que propone cambios hay magisterio de los últimos pontífices, ya de la comunión a los divorciados con matrimonio canónico anterior, la ley del sagrado celibato sacerdotal en la Iglesia latina, el rol de la mujer en la Iglesia, la anticoncepción, y la consideración pecaminosa de la homosexualidad cuando pasa de ser inclinación a actuación como tal, y en ningún caso sobre todo en estos últimos años se condena al sujeto, sino al pecado.

QUINTO: En temas de este calibre, y de tanta polémica por quienes no tienen fe, o quizá no formada, un hombre de la talla del pensador nocturno en Jerusalén no ofrece para mi ver nada positivo publicando.

Sería mejor, pero con todo respeto de corazón… que siguiera pensando, en dónde quiera, en Jerusalén, en la India, en el Congo...

Uno de los máximos exponentes de la Iglesia Católica, cardenal Martini, reclama en su más reciente libro que el Papa Benedicto XVI encare una nueva etapa al frente de la vida eclesiástica con amplias reformas que podrían revolucionar la vida de miles de millones de católicos. Carlo María Martini, cardenal italiano y ex candidato a Sumo Pontífice, expone en su obra Coloquios nocturnos en Jerusalén, ideas más que progresistas para la mayoría de los católicos conservadores que acompañan al actual papa.

Entre otros temas polémicos, Martini pide reconsiderar un tema que hasta el momento es considerado tabú para el catolicismo: la comunión de los divorciados. Para el cardenal, es tiempo de replantear este ítem como así también la prohibición al uso de anticonceptivos de todo tipo. Pero seguramente el capítulo que mayor malestar provocará es el destinado a poner en duda el valor del celibato para los sacerdotes. Para Martini, en algunos casos se debería permitir el sacramento del matrimonio para los curas que así lo prefieran.

Incluso, el cardenal postula la necesidad de replantear el papel de la mujer en la conducción sacerdotal. En la década pasada, la Iglesia Anglicana encaró esta reforma para repensar el papel de la mujer en la vida eclesiástica. "Es algo que podría ayudarnos también a nosotros a ser más justos con las mujeres y a entender cómo puede seguir el camino en el futuro", dice el cardenal.

"Hay que repensar la relación con la sexualidad y la comunión para los divorciados que han vuelto a contraer matrimonio", dice Martini en su libro, de próxima aparición en la Argentina. En este sentido, el cardenal italiano critica la distancia que hay entre la encíclica Humanae Viate y la actualidad. "Muchos ya no toman más en serio a la Iglesia como interlocutora o como maestra. Sobre todo nuestros jóvenes que ya casi ni recurren a la Iglesia por temas como la planificación familiar o la sexualidad", asegura. Martini, sin embargo, es pesimista acerca de la posibilidad de que Benedicto retire esa encíclica.

"Hubiese sido mejor guardar silencio" sobre ciertos temas referidos a la sexualidad, dice el religioso jesuita. "Con los homosexuales hemos sido insensibles en muchos casos", declara Martini en forma de autocrítica y propone revisar la forma de trato hacia estas personas. "En mi círculo de conocidos hay homosexuales y son muy respetados", manifestó. Hace ya algunos años, Martini desató una gran polémica en la cúpula de la Iglesia: se había mostrado a favor del uso del preservativo en las relaciones sexuales, argumentando que de esta manera se estaba ante un "mal menor".

Publicado por José María Delfino Carpené en Lex Ecclesiae

martes, 2 de diciembre de 2008

Repercuciones por el libro del Card. Martini...

Declaraciones de obispo argentino criticando el libro del Card. Martini (y con mucha razón) aparecidas en AciPrensa

Libro de Cardenal Martini emite opiniones "más bien obscuras", expresa Mons. Aguer


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BUENOS AIRES, 02 Dic. 08 / 06:45 am (ACI).- El Arzobispo de La Plata, Mons. Héctor Aguer, advirtió que en su reciente libro "Conversaciones nocturnas en Jerusalén", el Cardenal Carlo María Martini "opina, o mejor dicho pone en duda, verdades y prácticas sostenidas" por la Iglesia, y que el título "podría interpretarse en este sentido: en esa obra el Ilustre Cardenal emite algunas opiniones muy poco claras, más bien obscuras".

Durante el programa televisivo Claves para un Mundo Mejor, el Prelado indicó que en el libro, el Cardenal Martini pone en duda "verdades y prácticas sostenidas permanentemente por la Iglesia como el celibato de los sacerdotes, la ordenación sacerdotal reservada a los varones, la inmoralidad de las relaciones homosexuales".

Asimismo, explicó, el Purpurado italiano critica severamente al Papa Paulo VI y la Encíclica "Humanae Vitae", afirmando que el texto pontificio "ha producido un grave daño con la prohibición de la contracepción artificial que allí se establece, lo cual habría determinado que muchas personas se hayan alejado de la Iglesia y la Iglesia de las personas".

"Llama mucho la atención que un Cardenal, tan importante, tan inteligente, tan destacado, como es el Cardenal Carlo María Martini se haga eco y haga suyas las críticas que dirige y ha dirigido a la Iglesia, durante décadas, esta cultura secularizada y aquellos sectores intraeclesiales que se han manifestado en una postura de disenso contra el magisterio eclesial", expresó el Arzobispo argentino.

Mons. Aguer recordó que "la doctrina de la ‘Humanae Vitae’" sigue una tradición constante que arranca en los Santos Padres", y que "cuando las técnicas modernas presentaron nuevos caminos para frustrar la fecundidad del acto conyugal, desde principios del siglo XIX, el magisterio ha sido constante en señalar el recto camino".

"Podemos mencionar entre otros documentos la Encíclica 'Casti Connubii' del Papa Pío XI, los numerosos discursos de Pío XII, lo que dice el Concilio Vaticano II en la Constitución 'Gaudium et Spes', los textos de Juan XXIII, la misma 'Humanae Vitae' y muchos discursos de Paulo VI y toda la enseñanza de Juan Pablo II, especialmente su teología del cuerpo y de la sexualidad", indicó.

En ese sentido, tras recordar que "Benedicto XVI ha ratificado expresamente la doctrina de la ‘Humanae Vitae’", Mons. Aguer señaló que las "intervenciones del Cardenal Martini probablemente han obtenido la adhesión de algunos grupos, de algunos sectores de gente que piensa que son planteos inteligentes y a los cuales habría que hacer caso, pero me temo que para la mayoría de los fieles hayan sido escandalosas. Dicho esto con el respeto debido al ilustre Cardenal".

"Ahora bien: nosotros, si nos dejamos llevar por nuestro instinto católico, sabemos muy bien a lo que tenemos que adherir. Tenemos que adherir a la doctrina constante de la Iglesia y a la enseñanza de Benedicto XVI que es el Pastor que actualmente, a todos, nos guía", indicó el Prelado.

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lunes, 1 de diciembre de 2008

Abolir el aborto: un progreso de los derechos humanos

La ex senadora socialista plantea la abolición del aborto como "medida de progreso"
Ponencia de Mercedes Aroz en el Congreso Católicos y Vida Pública

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Quiero agradecer en primer lugar a los organizadores del Congreso, y en particular a D. Alfredo Dagnino y a D. José Francisco Serrano, la invitación a participar en este importante Congreso Católicos y Vida Pública, un referente fuerte dentro del catolicismo en España, desde el que se trabaja para hacer resurgir la presencia del hecho cristiano en nuestra sociedad.

1. Necesidad de reflexionar sobre la tarea de los cristianos en el mundo de hoy desde la prioridad de dar a conocer a Cristo

La reflexión en la presente edición se centra en la encíclica de Benedicto XVI, Spe Salvi, y en cómo llevar la esperanza y los valores cristianos al conjunto de la sociedad española en un momento, sin duda, crítico en el que se está configurando un nuevo modelo de sociedad.

Todo ello se enmarca a mi juicio en una cuestión central que es la necesidad de reflexionar profundamente sobre la tarea de los cristianos en el mundo de hoy, con la prioridad de dar a conocer a Cristo. Porque conocer a Cristo significa comprender el sentido de la propia vida y la propia identidad, y recibir una auténtica esperanza. La esperanza proviene, como nos dice Benedicto XVI, de conocer a Dios que nos ha mostrado su rostro en Cristo. La fe es esperanza pues por ella sabemos que tenemos un futuro: que nuestra vida no acaba en el vacío, que empieza y acaba en Dios.

2. ¿Cómo llevar la esperanza cristiana a todos?

Y la cuestión que se nos plantea es cómo llevar la esperanza a los que no la tienen y mostrar asimismo que la esperanza en una sociedad mejor no es una verdadera esperanza personal. Centrar las esperanzas sólo en el progreso material lleva a la larga o a la corta a la insatisfacción y, por otro lado, si el progreso técnico no se corresponde con un progreso en la formación ética de la persona no es un progreso sino una amenaza para el hombre y para el universo (SS 22).

Nos dice Benedicto XVI que de nuestro obrar cuando colaboramos para que el mundo sea más luminoso y humano surge esperanza para nosotros y para los demás, pero, con todo, lo más importante es llevar la luz de Cristo y su Evangelio, con hechos y palabras, a toda la sociedad, que hoy necesita el testimonio de los cristianos. Y considero que un compromiso serio en el anuncio del Evangelio precisa de un diagnóstico profundo de los desafíos reales que se plantean en la cultura contemporánea.

3. El anuncio del Evangelio requiere un diagnóstico profundo de los desafíos reales que hay que afrontar en la cultura contemporánea

La sociedad española es hoy una sociedad secularizada de forma similar al resto de la Europa Occidental en la que Dios ya no es el referente global con el que todo se articula, como bien describe el profesor Estrada en su libro El cristianismo en una sociedad laica , en el que también ofrece importantes reflexiones de futuro. Ha surgido un nuevo estilo de vida, de base profana, una nueva cultura en la que el núcleo es la ciencia y la técnica, y el pensamiento post-moderno se caracteriza por el escepticismo, el relativismo y el rechazo a conceptos fuertes como la verdad y el sentido, pues lo que determina la post-modernidad es la pérdida de referencias últimas. Esta pérdida de referencias ha conducido a una crisis de valores morales, a una pérdida de orientación personal y al malestar cultural existente.

Pero también hay aspectos positivos en la situación española pues el catolicismo sigue siendo relativamente mayoritario y subsiste la cultura de trasfondo católico. Hay, por tanto, condiciones favorables para que de nuevo germine el cristianismo. No se trata de que la religión perviva como mero hecho cultural, sino de hacerla resurgir como fe personal - que lleve al creyente a un compromiso real y a una experiencia profunda de la fe cristiana -, y en cuanto a la sociedad se trata de recuperar valores que elevan la dignidad del ser humano.

4. El cristianismo al encuentro del hombre de hoy

No es cuestión en mi opinión de mirar hacia el pasado sino de asimilar ampliamente y con profundidad los cambios, en particular el hecho de vivir en una sociedad secularizada, y en esta situación histórica responder a los retos que se plantean. Y el más urgente e importante hoy es, sin duda, contribuir a través del diálogo con la sociedad a construir unos valores comunes, una ética compartida, que contenga los valores fundamentales del hombre y que permita articular una convivencia integradora.

Creo que está por hacer en el ámbito cristiano el análisis de la sociedad en la que vivimos y el papel del cristianismo en ella, la reflexión sobre la relación entre cristianismo y sociedad pluralista, y el fomentar intensamente el diálogo con la cultura actual. Hay que configurar el modo de anunciar el mensaje cristiano y de proponer valores en una forma en la que pueda haber diálogo y que resulte comprensible para todos los ciudadanos. Para que los valores cristianos puedan ser asumidos por personas que no son cristianas, desde la convergencia entre fe y razón que pretende el cristianismo, es preciso utilizar argumentos convincentes para todos, mostrar la razonabilidad de nuestras posiciones y buscar puntos de encuentro. Y, posiblemente el punto de encuentro sea la vinculación de los valores cristianos con los derechos humanos - la vertiente secular de la dignidad de la persona que defiende el cristianismo -, la única referencia objetiva que puede ser asumida por todos los ciudadanos.

5. El reto de la abolición del aborto como progreso de los derechos humanos

Y en este sentido, éste puede ser el camino para hacer avanzar en la sociedad española una posición mayoritaria favorable a la abolición del aborto, como hoy existe respecto a la abolición de la pena de muerte en el mundo , abolida en España en 1983. Hay que plantear la abolición del aborto como lo que es: un objetivo progresista, de avance de la civilización, pues el reconocimiento jurídico de los derechos humanos y su ampliación es fruto del progreso del ser humano en la comprensión de su realidad y de su dignidad como persona. Y, hoy que conocemos por la ciencia que la realidad del ser humano existe desde su concepción, esto nos interpela desde el punto de vista de los derechos humanos para hacer extensivo el derecho a la vida reconocido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos al primer estadio de la vida del hombre.Por tanto, el objetivo ha de ser ambicioso. No está sólo en evitar una nueva ley en el sentido que se dice, sino en convencer con argumentos a la mayoría de los ciudadanos y apoyados en la ciencia de que el aborto se opone a los derechos humanos y es impropio de una sociedad civilizada, y que esto ha de tener una plasmación jurídica en el medio plazo. De la misma manera que frente a los argumentos a favor de la pena de muerte en graves delitos prevaleció el respeto al derecho a la vida, hay que lograr que este derecho del hombre sea reconocido desde su concepción y hasta su muerte. Este objetivo ha de ir acompañado de una mayor protección a la maternidad y de la prevención del embarazo adolescente mediante la formación.

6. Resituar el debate sobre la laicidad: diferenciar “laicidad estatal” y “laicidad de la sociedad”. La laicidad en la sociedad pluralista

Abordaré ahora el importante debate en el que estamos inmersos sobre el concepto de laicidad. Y sobre ello, es esclarecedor el libro del Cardenal Scola, Una nueva laicidad, que lleva a la necesidad de resituar el debate incorporando la distinción entre “laicidad del Estado” y “laicidad de la sociedad”, y la necesidad de definir entre todos que se entiende por laicidad en una sociedad pluralista.

El Estado ha de ser laico, esto significa que no es confesional e implica una neutralidad ideológica, pero al mismo tiempo no puede ser indiferente a la realidad social. La “sociedad laica”, sin embargo, no lo es propiamente pues en ella se expresan los valores de los no-creyentes y de los creyentes, y una cuestión fundamental para la cohesión social es cómo se articulan esos diferentes valores. Lo que el poder político no puede hacer es imponer una ideología en la sociedad civil pues tanto la propia laicidad del Estado como la libertad religiosa y el respeto a la libertad de conciencia no lo permiten. En una sociedad democrática son las personas y los grupos los que tienen el papel de hacer aportaciones - a nivel cultural, espiritual, ético - y crear opinión en el marco de la libre expresión. Al poder político le corresponde respetar y garantizar esta actividad que expresa la realidad social y sin la que no puede existir una sociedad libre ni una ciudadanía responsable.En este punto, hay que llamar la atención precisamente sobre la dificultad de debatir en España cuestiones de tipo ético lo que supone un serio déficit democrático, que es preciso corregir.

Otro aspecto a tener muy presente en la laicidad es que este ámbito abarca hoy un conjunto articulado de temas, y no únicamente la problemática de la relación Iglesia-Estado. Los temas son conocidos: matrimonio-familia, biotecnología, interculturalidad, inter-religiosidad, siendo las cuestiones más graves las que afectan a la visión del hombre.Por todo ello, es fundamental situar adecuadamente este debate y contribuir desde el cristianismo a construir un futuro ético y una convivencia integradora.

7. Anunciar a Cristo nuestra prioridad

No quiero acabar sin referirme a la situación que genera la crisis económica: paro y aumento de la pobreza. Algo que nos llama a estar muy atentos para hacer efectiva la solidaridad necesaria, apoyando particularmente a Cáritas que está afrontando la situación.

Y finalizo, a modo de resumen, con unas palabras de Benedicto XVI en EEUU , que nos exhortan a seguir siendo fermento de esperanza evangélica en la sociedad, llevando la luz y la verdad del Evangelio a todos los hombres, y contribuyendo a crear un mundo cada vez más justo y más libre. Sin dejarnos vencer por el pesimismo o los problemas. Y, sabiendo que sólo si nos mantenemos unidos a Cristo nuestro testimonio será creíble y dará frutos de paz y reconciliación en medio de una realidad - que como la nuestra -, muchas veces está marcada por divisiones y enfrentamientos.

Mercedes Aroz

Ver en: Religión en Libertad



domingo, 30 de noviembre de 2008

El hábito religioso y el traje eclesiástico (II)

Los religiosos y religiosas, y de modo semejante los sacerdotes, con sus hábitos o su clerman, ofrecen una presencia visual perfectamente adaptada a un medio pobre o a uno rico. Apenas tienen que pensar cada día en qué ponerse. A lo más podrán tener «un» hábito más nuevo o un traje algo más elegante para algunos acontecimientos señalados. Y basta




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En mi primer artículo sobre el hábito religioso y el vestir de los sacerdotes me limité a recordar la doctrina y la normativa de la Iglesia, citando un par de documentos importantes. Añado ahora algunas consideraciones.

Importancia del tema.– Ortega y Gasset decía que «las modas en los asuntos de menor calibre aparente –trajes, usos sociales, etc.– tienen siempre un sentido mucho más hondo y serio del que ligeramente se les atribuye, y, en consecuencia, tacharlas de superficialidad, como es sólito, equivale a confesar la propia y nada más» (Historia del amor).

Creo que sería un error considerar el vestir de religiosos y sacerdotes como una cuestioncilla meramente accidental: «cuestión de trapos». Si tan poca importancia tiene, si en el fondo viene a «dar lo mismo» vestir de un modo u otro, ¿por qué tantos sacerdotes y religiosos, a veces tan buenas personas, no se deciden a obedecer lo que la Iglesia ha mandado reiteradas veces en este tema? No. Ya se ve que el asunto tiene mucha importancia, tanto para la vida personal de religiosos y sacerdotes, como para su presencia y ministerio entre los hombres.

La Iglesia, al mandar con tan determinada determinación el uso del hábito y del clerman (clergyman) se fundamenta no solo en una tradición que tiene ya muchos siglos, sino en sólidas razones teológicas y prácticas. Comienzo por fijarme en las razones prácticas, considerando solo tres: la pobreza, la identificación social y el voto de los jóvenes. En un tercer artículo recordaré los motivos teológicos, sin duda los más importantes.

Pobreza.– Cuando la Iglesia trata del vestir de sacerdotes y religiosos, suele aludir al «testimonio de pobreza» (p.ej., canon 669), y lo hace con toda razón. En comparación con el hábito o el clerman, vestir como seglar implica mucho

–más gasto de dinero. Una religiosa, por ejemplo, con dos o tres hábitos, muchas veces de confección casera, tiene resuelta de una vez la cuestión vestimentaria para, supongamos, diez años. Vestir de seglar, por el contrario, exige un número de prendas relativamente alto, pues no se pueden llevar siempre las mismas. Además, cada una de ellas tiene una expresividad social distinta, adecuada o no a tales o cuáles circunstancias.

–más gasto de tiempo. Tiempo para confeccionar la prenda. O tiempo para adquirirla: es sabido cuántas horas se lleva el ir a buscar en los comercios una cierta prenda, de tal forma, color y calidad, que a veces se resiste denodadamente a ser encontrada. Habrá que buscar en tal otra tienda. «Es que ya hemos mirado en cinco». «Pues lo dejamos para otro día».

–y gasto de atención: «¿qué me pongo hoy?». Los vestidos diversos tienen inevitablemente un lenguaje no-verbal de gran elocuencia. Eligiendo éste o el otro modo de vestir para tal ocasión, no convendrá llamar la atención por algo, pero tampoco presentarse como un adefesio. Conseguir este objetivo no siempre es tan sencillo, porque los lugares, ocasiones y circunstancias cambian mucho. Y todavía cambia más la moda, cuya íntima ley es precisamente el cambio permanente. Pero un cierto respeto por la moda, aunque sea muy relativo, viene a ser obligado en quien vista de seglar.

Estas no pequeñas inversiones de dinero, tiempo y atención se ven casi totalmente eliminadas cuando religiosos, religiosas y sacerdotes usamos el hábito o el clerman.Por otra parte, no parece realista oponerse al hábito religioso o eclesiástico alegando que resulta más caro que el vestir secular. Si, por ejemplo, a unas religiosas Misioneras de la Caridad, de la M. Teresa de Calcuta, les objetáramos que con sus hábitos desentonan de los medios tan pobres y miserables en los que habitualmente se mueven, probablemente reaccionarían sonriendo, pero se abstendrían de argumentar nada. Y es que son muy buenas.

Los religiosos y religiosas, y de modo semejante los sacerdotes, con sus hábitos o su clerman, ofrecen una presencia visual perfectamente adaptada a un medio pobre o a uno rico. Apenas tienen que pensar cada día en qué ponerse. A lo más podrán tener «un» hábito más nuevo o un traje algo más elegante para algunos acontecimientos señalados. Y basta.

Ciertamente, no todo «hábito» ha de ser una túnica que vaya del cuello a los talones (usque ad talos; de ahí lo de «hábito talar»). Hay hábitos, por supuesto, más cortos. Y en los hombres, religiosos o clérigos, siempre será posible el clerman. Pero pensando en el hábito más tradicional, el hábito talar, será también difícil argumentar que va contra la pobreza o que es insoportablemente incómodo, si tenemos en cuenta que lo usan normalmente, y no por mortificación, cientos y quizá miles de millones de seres humanos, sobre todo en Asia y África. Quizá una cuarta parte de la humanidad, y precisamente la parte más pobre, la más dedicada a trabajos físicos y la que habita en los países más calurosos. Tampoco hay razón para pensar que tantos millones de personas –en su mayoría, como digo, de países pobres–, vayan «sobre-vestidos», como a veces se alega objetando el hábito religioso. Las prendas que vistan interiormente serán, por supuesto, muy elementales.

Identificación social.– El vestir religioso o sacerdotal identifica de modo claro y permanente a la persona especialmente consagrada al servicio de Dios y de los hombres. Esto es evidente. Pero lo que importa afirmar es que esa identificación es sin duda positiva y valiosa. No solo la experiencia de la Iglesia así lo afirma, sino también los estudios modernos de psicología social. La bata blanca, por ejemplo, no dificulta la relación del médico con sus pacientes, sino que la facilita. Analizaré más este punto al tratar de la teología del signo. Pasemos, pues, ya a una tercera razón práctica.

El voto de la juventud.– A comienzos del siglo XXI, sabemos con certeza que los Institutos religiosos y los Seminarios que mantienen el hábito y el clerman tienen muchísimas más vocaciones que aquellos otros que los han eliminado, secularizando deliberadamente su imagen en el vestir. Si nos asomamos a los ámbitos de Iglesia que tienen más vocaciones, comprobamos que, siendo a veces entre sí muy diferentes, todos coinciden en que de un modo u otro identifican de modo evidente por el vestir a sus miembros religiosos o sacerdotes. Esto podrá alegrar a unos y entristecer a otros; pero lo que es evidente es que es así.

También viene a ser, simétricamente, una regla general significativa que entre los institutos religiosos que caminan aceleradamente hacia su extinción o los Seminarios diocesanos que no tienen vocaciones, suele ser norma común la secularización completa del vestir. El dato, sin duda, es elocuente. Aunque también haya, es cierto, religiosos y Seminarios que conservan el hábito o el clerman y que no tienen vocaciones. Pero no es frecuente, al menos, no es una norma.

Dicho lo mismo en otras palabras: el voto de los jóvenes que aspiran a la vida sacerdotal o religiosa, masculina o femenina, actualmente se vuelca indudablemente en favor de los Seminarios y de los Institutos religiosos que mantienen la identificación social en el vestir. En las Iglesias diocesanas, por ejemplo, cada vez es más frecuente comprobar que son los sacerdotes jóvenes los más adictos al clerman.

También conviene señalar, en ese mismo sentido, que los Obispos, sobre todo los más jóvenes, van nombrando cada vez más para las funciones principales de la diócesis –Curia, Seminario, Delegaciones, etc.– a sacerdotes que no solamente en lo fundamental, doctrina y vida, sino también en su vestimenta, se ajustan a la enseñanza y a la disciplina de la Iglesia.

El voto del Espíritu Santo.– Acabo de aludir, entre las razones prácticas, al voto de los jóvenes de hoy. Y es un argumento que no debe ser ignorado. Pero ese mismo dato ha de ser considerado en una significación infinitamente más profunda. Siendo el Espíritu Santo el único que puede suscitar vocaciones, y mantenerlas en la fidelidad perseverante, puede conocerse por datos ciertos que Él prefiere suscitar vocaciones religiosas y sacerdotales allí donde se guarda la disciplina de la Iglesia en lo relativo al vestir de sacerdotes y religiosos.

En un tercer artículo, con el favor de Dios, he de tratar de las razones más profundas del hábito en el sacerdote y el religioso.

José María Iraburu, sacerdote

Ver en: Religión en Libertad

sábado, 29 de noviembre de 2008

La Misa NO ES una fiesta (I)

Un artículo propio sobre la Santísima Eucaristía y su definición

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Escrito por Padre Rafael Luis Rojas Larenas


La renovación de la Liturgia Sagrada posterior al Concilio Vaticano II y sus reformas adquirieron niveles tan grandes y notorios que pareció no quedar nada de la antigua forma de celebrar. Muchos de estos cambios fueron hechos con sabiduría y amor, otros fueron más bien apresurados: preparados desde años por el movimiento litúrgico y en lo inmediato por comisiones de expertos, pero presentados a los fieles de manera brusca a veces bajo la política de los hechos consumados. Muchos de los aciertos de la reforma fueron obscurecidos, desde el primer momento por interpretaciones post-conciliares que nada tenían que ver con el Concilio.

En cuanto a la reforma general, se trató de mostrar una Iglesia más cercana; el Beato Juan XXIII quiso presentar las verdades perennes de la fe con un lenguaje más accesible a la comprensión de todos. En su Discurso inaugural el 11 de Octubre de 1962, el Santo Padre señaló que uno de los principales fines del Concilio sería “transmitir la doctrina pura e íntegra (de la Iglesia) sin atenuaciones” sin embargo advierte que “una cosa es el depósito mismo de la fe, es decir, las verdades que contiene nuestra venerada doctrina, y otra la manera como se expresa; y de ello ha de tenerse gran cuenta”. En el lenguaje de la Lógica, se quiso buscar nuevos términos que expresaran más comprensiblemente los mismos conceptos.

Lamentablemente lo que era una delicada misión -la transmisión de la fe- se escapó de las manos e, inconscientemente unos y muy conscientemente otros (casi al modo de programa), acomodaron demasiado las verdades a los criterios del mundo en vez de conducir a los hombres a conocer los criterios de Dios. De esta forma hubo, a mi parecer, un gran fracaso en el objetivo trazado por el "Papa bueno". Esto que puede parecer una opinión muy descabellada, baste con comprobarla preguntándole a un niño de catequesis de Primera Comunión sobre qué entiende él por Eucaristía, valga lo mismo a un joven que se va a confirmar sobre qué significa el sacramento al que se prepara o preguntar en una asamblea dominical sobre los métodos anticonceptivos, su valoración moral y su imcompatibilidad con la vida cristiana; es tan distinta la verdad revelada a las pocas “verdades” que los fieles conocen y por lo tanto, menos se puede pedir coherencia moral con una fe desconocida o tergiversada.

En estos años se ha ignorado en gran medida que la Iglesia nace del costado de Cristo, que está compuesta por hombres pero que tiene un origen divino sin el cual no podría subsistir y, más que preguntarse "qué Iglesia quiere Dios de nosotros", nos preguntamos "cuál es la Iglesia que nosotros queremos". Frente a esto hay que mencionar que la Iglesia no es una construcción humana que dependa de nosotros como en una democracia (lo contrario sería un tipo de herejía llamada conciliarismo), ni tampoco depende de los esfuerzos que pongamos en ello (como sería la lógica de la herejía pelagiana); la Iglesia es un don de Dios, es la Madre y Maestra de nuestras vidas, es la Esposa de Cristo sin el cual ella no puede vivir.

¿Y por qué esta introducción para hablar de la Misa? Porque lamentablemente en el esfuerzo por volver más accesible las realidades eternas al pueblo santo de Dios como la Eucaristía, la Iglesia y el mismo Dios se produjo un cambio tal en los términos que ha llevado consigo un cambio en la manera de comprender los conceptos, muchas veces cambiándolos y otras veces pervirtiéndolos. Esto se produjo más al nivel de los teólogos y de las catequesis populares ya que en la enseñanza oficial de la Iglesia siempre ha existido una extraordinaria coherencia interna. Lo que pasa en los documentos es tan distinto a lo que pasa y se enseña en la realidad –una hermenéutica de la ruptura- que parece haberse producido un divorcio entre la “teoría” y la “praxis”; el magisterio y la enseñanza real como mundos paralelos.

En el ámbito pastoral y popular comenzaron una serie de catequesis bien encaminadas en su origen, pero descarriadas en las décadas posteriores. Se podría decir que fueron tantas las teologías y teorías divergentes entre si y distintas de la doctrina de siempre, que surgieron en los 70 y 80, que no hubo campo de la teología que no fuera cuestionado y, todavía es común escuchar “antes era así: malo” pero “ahora es asá: bueno”, “antes la Iglesia era muy lejana, ahora es más cercana”, “antes las misas era en latín y nadie entendía nada, ahora son en el idioma propio y todos entendemos”, “antes la misas eran aburridas, ahora deben ser entretenidas” etc, es decir, según esto, la Iglesia se equivocó por siglos, pero ahora recién encontró su camino.

Dentro de las más desafortunadas e infelices nuevas palabras o definiciones a mi modo de ver, está la de decir que la Misa (generalmente se dice misa y no Santa Misa) es una fiesta. Yo lo he escuchado en muchas ocasiones, incluso en una simpática canción para niños que dice “estamos de fiesta con Jesús, y al Padre queremos ir; estamos reunidos en la mesa y Cristo nos va a servir”. Generalmente el que enseña esta nueva definición lo hace como queriendo mostrar una novedad, como si hubiera descubierto la esencia oculta, una luz de verdad, llamada a interpelar, cuestionar y finalmente producir en el oyente la alegría por un gran descubrimiento velado hasta ese momento a sus ojos.

Pero ¿qué es lo que en realidad se produce? El término fiesta a secas no evoca lo religioso, como sí lo puede hacer en cambio la “fiesta” patronal, la “fiesta” del Sagrado Corazón, etc. En estos casos se entiende qué se celebra –en el sentido popular y no litúrgico de celebrar-. Un acontecimiento festivo para la comunidad: una procesión, el encuentro de las personas del pueblo para honrar una vez al año a su patrón o patrona y pedirle protección, un acontecimiento del año litúrgico, etc, todo eso con tambores, comercio y alegría, con flores, incienso y cantos.

Pero al decir simplemente que la Misa es una fiesta se fuerzan, según mi parecer, artificialmente dos ideas diversas al sentido común y que no logran reconciliarse con facilidad. La Santa Misa evoca y ha evocado un momento más bien sagrado, distinto a lo cotidiano, silencioso, que se celebra en las iglesias que son lugares donde se debe guardar silencio para poder hablar con Dios y para que él nos hable a nosotros. Y fiesta, a secas, suena a bullicio, jolgorio desenfrenado, incluso a un niño le suena a globos y papeles y a un joven a un baile, a la noche, a las luces de discoteca terminados para muchos con la corona de algún flirteo. Cómo va a ser entonces la Misa una “fiesta”… en estos años no han faltado los que han devaluado la Eucaristía con ésta y otras definiciones pobres y simplonas como banquete, comida, encuentro fraterno, encarnado e inculturado, etc. y han llenado los templos de bullicio, de papeles y globos, de posters, letreritos y aplausos y, sobretodo, de una actitud que yo creo no es la querida por el Señor en la Última Cena. Cuando se explica que hay que entender la Misa como la fiesta donde me lleno de gozo por ser un encuentro con el Señor (realidad que se da por cierto sobretodo en la comunión eucarística) uno puede terminar convenciéndose, no del todo en un principio y finalmente auto-convenciéndose de que esta definición es adecuada, confiando más en la autoridad, los años o la simpatía de quien la enseña que en la fuerza lógica que podría tener.

La verdad es que la Misa no es una fiesta. Por lo menos no al modo en que se presenta. El magisterio en sus definiciones no define así a la Eucaristía. Baste ver la respuesta del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica a la pregunta clara ¿Qué es la Eucaristía?: “La Eucaristía es el sacrificio mismo del Cuerpo y de la Sangre del Señor Jesús, que Él instituyó para perpetuar en los siglos, hasta su segunda venida, el sacrificio de la Cruz, confiando así a la Iglesia el memorial de su Muerte y Resurrección” (271).

La Misa o la Cena del Señor es la actualización del sacrificio de la cruz, es el mismo sacrificio de la cruz que se perpetúa por los siglos (Cfr. Concilio Ecuménico Tridentino, Sesión XXII, Doctrina sobre el Santísimo Sacrificio de la Misa, capítulo 1; cfr. Pablo VI, Solemne profesión de fe, día 30 de junio de 1968, núm. 24). Pero quién habla de ello, quién sabe de esto y sobretodo quién lo comprende… nadie. Llamar a la Misa fiesta como si fuera su definición primera ha sido un error pastoral y espiritual. En todo caso este tipo de cosas responde a un conjunto de errores y empobrecimientos.

La Misa es el sacrificio de Cristo, es puro don; no depende del estado de gracia del ministro y, aunque nadie comulgue (excepto el sacerdote que está obligado a hacerlo como parte del Santo Sacrificio), Jesucristo de todas formas se ofrece por nosotros. En cierto sentido la comunión eucarística es algo secundario ya que la Eucaristía no depende del hecho que los fieles comulguen o no. Por algo la Iglesia manda a ir todos los domingos a Misa pero comulgar por lo menos una vez al año. Secundariamente derivan para nosotros y nuestra salvación una serie de consecuencias con las cuales Dios atrae a sus criaturas predilectas hacia si: “Es signo de unidad, vínculo de caridad y banquete pascual, en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la vida eterna” (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica 271). Por esto también el Santo Sacrificio es un banquete pero no cualquier banquete, sino el banquete pascual del amor de Cristo. Es encuentro entre la comunidad y Dios y entre la comunidad entre sus miembros pero convocada por Otro y no auto-convocada. Es prenda de vida futura y por lo tanto de gozosa espera en medio de un mundo de alegrías y penas, distinta de la fugaz alegría de una cultura que busca entretención y de corazones tambaleantes por sus estados de ánimo.

Llamar a la misa fiesta es correr el riesgo de reducirla a un mero acto semipelagiano y mundano. Se puede caer en el pecado de acomodar a Dios a nuestra mente en vez de nosotros acomodarnos a su Palabra.

viernes, 28 de noviembre de 2008

Sobre el espíritu para celebrar la Santa Misa

Opinión del sacerdote argentino José María Delfino Carpené aparecida en su Blog Lex Ecclesiae el pasado viernes 21 de noviembre.

Mi interpretación de la celebración del Cardenal de Viena

La celebración del Cardenal vienés Christoph Schönborn en la localidad de Wolfsthal está siendo mirada y analizada por muchos desde una filmación que ha invadido muchos sitios en el ciber espacio.

La he visto. Me ha causado mala impresión. Es justamente lo contrario al clima de sacralidad que debe tener cualquier celebración litúrgica, sobre todo tratándose de la Eucaristía.

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No me animo a entrar en detalles de la misma porque lo que se ve son partes. Creo que es suficiente para darse cuenta que una Misa no se celebra en una ambiente así entre globos, música estridente de rock, luces sicodélicas, etc.

Tengo una preocupación que me parece clave en esto: ¿qué mueve a un ministro para celebrar así? Aquí se trata de un cardenal de la Iglesia, y eso hace más relevante el acontecimiento, pero digamos la verdad que cosas por este estilo y peores las hay por todo el orbe católico.
Creo, por una dolorosa experiencia en una anterior parroquia, en que por ser céntrica me pidieron permiso para una celebración eucarística de la pastoral juvenil diocesana, de la que quedé escandalizado, por la que tuve que enfrentarme post Misa con el padre que la celebró, a más de pedirle que en la parroquia no había más permiso para ese tipo de liturgias, que existe esa peregrina idea que a los jóvenes se les debe hacer un espacio y una liturgia a su medida.
Es cierto que una gran parte los jóvenes están pendiente del rock, de todo lo que es vértigo, color, luces, etc. Entonces... hagamos algo que se asemeje a lo que les gusta. Les gusta... si, pero si les preguntás porqué no lo saben. Más, si averiguás... nos van a decir que tampoco los satisface... no los llena, quedan igual o peor que antes. Están en aquello que masivamente les ofrecen. La oferta de pensar en serio la vida, en plantearse seriamente el origen, el destino, etc. no es abundante. Tan poco abundante como formarlos e introducirlos a una dimensión diferente de la que están todo o casi todo el día inmersos. Si me dicen que no es fácil, les digo que nada fácil.
Entiendo que algo de esto tiene que ver con la Misa austríaca en cuestión. Se preparó para jóvenes, se la pensó para que no sintieran la ruptura de nivel que tiene la vida común con la vida sacral, que los debiera poner frente a Dios, frente a sí mismos, frente a sus hermanos, en una clima diferente, diverso. De tal manera que pudieran llegar a decir: "Estuvimos bien en un ambiente que desconocíamos".
¿Quién preparó la Misa de Wolfsthal? Debe ser que algún vicario para la juventud, o un grupo diocesano de jóvenes con ayuda de algún sacerdote asesor. Me imagino. Los clérigos en general estamos siempre propensos a pensar que a los jóvenes:cosas de jóvenes, a los niños: cosas de niños, en algún lugar he visto Misas con niños con el sacerdote disfrazado de payaso.
¿Qué pasó con el arzobispo? ,¿Le dijeron que iba a ser así? Quizás no. Pero cuando comenzó... siguió. El miedo a no sintonizar. A que si decía "Aquí en este clima no celebro el sacrificio del Señor", quedaba como el malo, incomprensivo, intolerante y demás. Miedo a no ser comprendido. Pasa. Pasa en todos lados.
Conozco una peregrinación de jóvenes, que hace muchos años se hace. Se camina con un temario a un Santuario Mariano. Se comienza ambientando con música cristiana, pero dicharachera, mediando guitarra eléctrica, batería, bajo, etc. se baila, se salta, se canta. No nos animamos a invitarlos a pasar al templo a adorar a Jesucristo, para que en clima de piedad y oración, no sin música, tampoco sin alegría, pero la adecuada, para que aquel caminar no sea simple trasladarse y experimenten satisfacción para quienes peregrinan, de tal manera que cuando se llegue al Santuario la Misa sea la coronación de todo un movimiento del espíritu.
No hay propiamente Misa de Jóvenes, o de niños, o de las familias. En todo caso hay Misas con jóvenes, con niños, con familias. Hay una sola Misa de Jesucristo, y punto. Que haya adaptaciones de acuerdo a las normas para la diversidad de concurrentes es otra cosa.
Por eso plantear una pastoral eclesial en serio, tomarse a pecho y con toda radicalidad el ser católico es una prioridad. Animarnos los ministros, consagrados y comprometidos con la misión de Cristo a presentar su vida como una manera distinta, diferente, de existir, de vivir, de encontrarnos con Dios, con nosotros y con los demás es algo esencial. El ofrecimiento de la Iglesia no debe ser más de lo mismo.

jueves, 27 de noviembre de 2008

Un cardenal causa polémica por su forma de celebrar la Eucaristía

A continuación una noticia sobre una celebración eucarística "juvenil" que causó polémica en la Red y el video aparecido en Gloria TV



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La polémica celebración del Cardenal Schönborn


Hace pocos días nos enterábamos por Rorate Caeli de la existencia de un video que muestra al cardenal arzobispo de Viena celebrando una Misa, al parecer, muy peculiar. También se hicieron eco de la noticia otros blogs y sitios católicos; entre ellos el popular blog del Padre Z. A raíz de las dimensiones que fueron tomando las críticas al cardenal Christoph Schönborn, y de la polémica que se desató, su vocero ha enviado una nota al Padre John Zuhlsdorf, en la cual afirma que la Misa presidida por el arzobispo de Viena fue celebrada conforme a las rúbricas litúrgicas.He aquí nuestra traducción de la nota. Para ilustrarla, hemos intercalado algunas imágenes tomadas del video en cuestión:
Algunas personas se han sentido
seriamente ofendidas por la Santa Misa para jóvenes celebrada el 16 de noviembre
por el Cardenal de Viena Christoph Schönborn en Wolfsthal, un pueblo cercano a
la frontera austríaco-eslovaca.

Contrariamente a lo que se presume, debido a la de muchas maneras
amateur e irreal transmisión grabada por Gloria TV, debe ser claramente
establecido que ningún tipo de especificaciones litúrgicas ha sido violado en
esta celebración.

El pan eucarístico era sin levadura, y
su forma seguía estrictamente la que ha sido usada en Medio Oriente desde el
primer siglo. La “masa plana” es similar a la forma usada en estos días en
Mossul – la metrópolis ubicada en el río Tigris donde los cristianos aún dan
testimonio de la Verdad de Jesús con su propia sangre.

Werner Pirkner, consejero espiritual
para la Santa Misa en Wolfsthal, y Stephan Bazalka, coordinador de la Juventud
Católica, pusieron la más alta atención al hecho de que cuando se partiera el
Pan, ningún pequeño pedazo tocase el suelo.

Aquellos que se han atrevido, tentados
por una cobertura fragmentaria de las noticias, a presentar acusaciones contra
el arzobispo de Viena, pueden reconsiderar, arrepentirse, y pedir a Dios por Su
perdón. ¡Oremos todos juntos por la Santa Iglesia!


Erich Leitenberger Vocero de S. E. Card.
Schönborn

Es probable, como dice el vocero del arzobispo, que en la celebración no se haya violado ninguna especificación litúrgica en forma directa. A nuestro entender, lo que sí se viola en este tipo de celebraciones es el espíritu mismo de la liturgia, privándola de su sacralidad. Por otra parte, ha de entenderse que las rúbricas no pueden contener una lista de prohibiciones que responda a todas las ocurrencias que la creatividad individual pudiera producir. Tal cosa sería ridícula. Pero algunos parecen conducirse con la consigna que reza: “todo lo que no está expresamente prohibido, está permitido”.

Finalmente, ¿creerán que actuando así ayudan a los jóvenes a profundizar en su fe, a respetar y amar el Sacramento Eucarístico, a despertar en ellos el espíritu de adoración? Nosotros pensamos que actuando así consiguen todo lo contrario.

Ver en: La Buhardilla de Jerónimo

miércoles, 26 de noviembre de 2008

¿Porqué lo que sale en el papel dista tanto de la realidad?

Artículos del padre José María Iraburu aparecidos en "Religión en Libertad"
El hábito religioso y el traje eclesiástico (I)


"En una sociedad secularizada y tendencialmente materialista, donde tienden a desaparecer incluso los signos externos de las realidades sagradas y sobrenaturales, se siente particularmente la necesidad de que el presbítero sea reconocible a los ojos de la comunidad, también por el vestido que lleva" (Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros 66)

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(El ennegrecido es mío)


En un blog de este portal, ha suscitado numerosos comentarios un artículo reciente sobre la conveniencia del «hábito religioso». Este tema va muy unido al del «traje eclesiástico», que corresponde a los sacerdotes, de tal modo que ambas cuestiones pueden ser tratadas conjuntamente, aunque no sean idénticas.

Por lo que al hábito religioso se refiere, entre otros documentos de la Autoridad apostólica, y además de la norma del Derecho Canónico, ya citada en el blog aludido (canon 669), recordaré, porque su formulación me parece muy precisa

–la exhortación apostólica Evangelica testificatio, de Pablo VI (1971), sobre la renovación de la vida religiosa. En el número 22, al dar doctrina y normas sobre el hábito religioso, el Papa centra la cuestión no tanto en cuestiones prácticas discutibles, sino en razones profundas acerca de la significación teológica de lo especialmente sagrado: «Aun reconociendo que ciertas situaciones pueden justificar el quitar un tipo de hábito, no podemos silenciar la conveniencia de que el hábito de los religiosos y religiosas siga siendo, como quiere el Concilio, signo de su consagración (Perfectae caritatis 17), y se distinga, de alguna manera, de las formas abiertamente seglares».

En lo que se refiere al vestir de los sacerdotes, será suficiente recordar un documento-síntesis, publicado por la Congregación del Clero en 1994:

-Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros. En el número 66, con el título Obligación del traje eclesiástico, dice lo que sigue:

En una sociedad secularizada y tendencialmente materialista, donde tienden a desaparecer incluso los signos externos de las realidades sagradas y sobrenaturales, se siente particularmente la necesidad de que el presbítero –hombre de Dios, dispensador de Sus misterios– sea reconocible a los ojos de la comunidad, también por el vestido que lleva, como signo inequívoco de su dedicación y de la identidad del que desempeña un ministerio público (211). El presbítero debe ser reconocible sobre todo, por su comportamiento, pero también por un modo de vestir, que ponga de manifiesto de modo inmediatamente perceptible por todo fiel –más aún, por todo hombre– (212) su identidad y su pertenencia a Dios y a la Iglesia.

Por esta razón, el clérigo debe llevar «un traje eclesiástico decoroso, según las normas establecidas por la Conferencia Episcopal y según las legítimas costumbres locales» (213). El traje, cuando es distinto del talar [la sotana], debe ser diverso de la manera de vestir de los laicos y conforme a la dignidad y sacralidad de su ministerio. La forma y el color deben ser establecidos por la Conferencia Episcopal, siempre en armonía con las disposiciones de derecho universal.

Por su incoherencia con el espíritu de tal disciplina, las praxis contrarias no se pueden considerar legítimas costumbres y deben ser removidas por la autoridad competente (214).

Exceptuando las situaciones del todo excepcionales, el no usar el traje eclesiástico por parte del clérigo puede manifestar un escaso sentido de la propia identidad de pastor, enteramente dedicado al servicio de la Iglesia (215).

(211) Cfr. JUAN PABLO II, Carta al Card. Vicario de Roma (8 septiembre 1982): «L’Osservatore Romano», 18-19 octubre 1982.
(212) Cfr. PABLO VI, Alocuciones al clero (17 febrero 1972; 10 febrero 1978): AAS 61(1969), 190; 64 (1972), 223; 70 (1978), 191; JUAN PABLO II, Carta a ‘todos los sacerdotes en ocasión del Jueves Santo de 1979 Novo incipiente (7 abril 1979), 7: AAS 71, 403-405; Alocuciones al clero (9 noviembre 1978; 19 abril 1979): Insegnamenti I (1978), 116; II (1979), 929.
(213) C.I.C., can. 284.
(214) Cfr. PABLO VI, Motu Proprio Ecclesiae Sanctae, I, 25 § 2d: AAS 58 (1966), 770; S. CONGREGACIÓN PARA LOS OBISPOS, Carta circular a todos los representantes pontificios Per venire incontro (27 enero 1976); S. CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA, Carta circular The document (6 enero 1980): «L’Osservatore Romano» supl., 12 de abril de 1980.
(215) Cfr. PABLO VI, Catequesis en la Audiencia general del 17 de septiembre de 1969; Alocución al clero (1 marzo 1973): Insegnamenti, VII (1969), 1065; XI (1973), 176.

Al final del Directorio se lee:

Su Santidad el papa Juan Pablo II, el 31 de enero de 1994, ha aprobado el presente Directorio y ha autorizado la publicación.

José T. Card. Sánchez, Prefecto
+Crescenzio Sepe, Arzob. tit. de Grado, Secretario.

En otro artículo comentaré, Dios mediante, estas normas de la Iglesia.

José María Iraburu, sacerdote.

martes, 25 de noviembre de 2008

El Papa nos enseña a hablar claro

Publicado por el sacerdote argentino José María Delfino Carpené en su blog "Lex Ecclesiae"

Un Pastor sin medias tintas: Benedicto XVI


Benedicto XVI: "O con Cristo y sus ángeles, o con el diablo y sus secuaces"Nuestra salvación personal y la del mundo depende de nuestra libre decisión de acoger la justicia y el amor de Dios: así lo manifestó el Papa ayer por la mañana en el aula Pablo VI a más de 3 mil fieles procedentes de la archidiócesis de Amalfi-Cava de Tirreni, llegados a Roma en peregrinación, con las reliquias del patrono, san Andrés, que se conservan desde el siglo IV en la cripta de la catedral. El Santo Padre invitó en la vigilia de la Solemnidad de Cristo Rey a dirigir la mirada hacia Jesús, Señor del Universo, nuestra esperanza, “Pastor bueno, dispuesto a cuidar de sus ovejas perdidas, reunirlas para que pastoreen y para que después puedan reposar en lugar seguro”.

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Muchos aspectos de la vida y magisterio de SS Benedicto XVI atrapan. Pero si hay algo que ponderar y muy ajustado a la época de componendas y medias verdades, es la total libertad y claridad con que el Papa habla sin vacilaciones ni miedos. El Papa se muestra como pastor, sabe que el tono debe ser el de una voz tranquila y serena, pero con la verdad sin tintes ni desleídos modos.

Esta actitud en un mundo verborrágico y que no quiere se le hable claro de las cosas esenciales, y en una iglesia a veces temerosa, que cuando predica es casi con una timidez que da la impresión que estuviera pidiendo permiso siempre, o constantemente perdón, viene muy bien.

"O con Cristo o con el diablo"... así se dice.

Ultimamente he leído algunos escritos al pueblo de Dios de quienes con buena fe intentan alinear esfuerzos para logar un continente y una patria más digna y cristiana, pero dando tantas vueltas, volteretas, contemplaciones, razones por un lado, por el otro, que al final me acuerdo de aquella frase de pueblo: tanto gre gre para decir Gregorio.

Escuchando o leyendo algunas homilías tengo la impresión que nuestra época es la más locuaz en el uso de la lengua, pero casi sin decir nada, o por lo menos poco. Adornos, hipérboles, sin llamar a las cosas por su nombre.

El Papa habla claro, dice las palabras que por miedo a pasar de antiguo ya casi no usamos: "diablo", "ángeles", "secuaces", "tinieblas", "pecado", "infierno", "purgatorio", etc. Es un papa santamente atrevido, porque está fundado en la seguridad y radicalidad de la fe cristiana y católica.

¡Adelante Su Santidad! Siga hablándonos así, sin componendas. Los evangelizadores más jóvenes quieren aprender a hablar de Dios y el hombre así. El que quiere entender que entienda.

ver en:
Lex Ecclesiae




lunes, 24 de noviembre de 2008

El laicismo avanza lentamente... está más cerca que nunca

Una mala noticia -como siempre- desde España

"ALEGRÍA INMENSA" EN ASOCIACIONES LAICAS
Un juez de Valladolid obliga a un colegio público a retirar los crucifijos de las aulas

El colegio Macías Picavea ha sido obligado a retirar los crucifijos de sus aulas y espacios comunes, después de que un grupo de padres lo reclamara en el 2005. El juez considera que dichos símbolos conculcan los "derechos fundamentales" referidos a la igualdad y la libertad de conciencia. El juez destaca en la sentencia que el mantenimiento de los símbolos religiosos en este centro educativo conculcaría "derechos fundamentales" consagrados en los artículos 14 y 16.1 de la Constitución, referidos a la igualdad y la libertad de conciencia.

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(LD/EFE) El Juzgado de lo Contencioso Administrativo número 2 de Valladolid ha dictado una sentencia que obliga al colegio público Macías Picavea a retirar los crucifijos de sus aulas y espacios comunes, después de que un grupo de padres así lo demandara desde 2005.

El juez destaca en la sentencia que el mantenimiento de los símbolos religiosos en este centro educativo conculcaría "derechos fundamentales" consagrados en los artículos 14 y 16.1 de la Constitución, referidos a la igualdad y la libertad de conciencia.

Al parecer, se trata de la primera sentencia que entra en el fondo de la cuestión reivindicada por la Asociación Cultural Escuela Laica de Valladolid, cuyo portavoz, Fernando Pastor, ha expresado a Efe su "alegría inmensa" por lo que considera "un triunfo de la higiene democrática" frente a una realidad "de otro tiempo, preconstitucional, basada en el nacional-catolicismo".

La sentencia alude a la jurisprudencia del Tribunal Constitucional, que recuerda que "el Estado se prohíbe a sí mismo cualquier concurrencia, junto a los ciudadanos, en calidad de sujeto de actos o de actitudes de signo religioso" y alude a "la laicidad y neutralidad del Estado

Publicado el 22 Noviembre 2008 - 2:01pm

Ver en: Libertad Digital

domingo, 23 de noviembre de 2008

Parece que el Martini se hechó a perder (según mi humilde opinión siempre fue así)

Artículo de vaticanista Sandro Magister

Dios no es católico, palabra de cardenal

Carlo Maria Martini publica un libro "sobre el riesgo de la fe" e invita a desconfiar de las definiciones doctrinales, porque Dios "está más allá de eso". Pero de ese modo el riesgo consiste en que desaparezcan los artículos del Credo, objeta el profesor Pietro De Marco. Y explica por qué


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ROMA, 12 de noviembre del 2008 – El último libro del cardenal Carlo Maria Martini que ha salido en Italia, como hace algunos meses en Alemania y ahora también en España, inmediatamente ha conquistado el calificativo de los más vendidos. Se titula "Coloquios nocturnos en Jerusalén. Sobre el riesgo de la fe", y está en forma de entrevista, con el jesuita alemán Georg Sporschill.

Las veces en que Benedicto XVI ha hablado en público del cardenal Martini – famoso biblista y arzobispo de Milán del 1980 al 2002 – siempre lo ha elogiado como "un verdadero maestro de la 'lectio divina', que ayuda a entrar en lo vivo de la Sagrada Escritura".

Pero en este libro el cardenal no parece igualmente magnánimo, en juzgar los actos de gobierno y de magisterio de los últimos Papas, desde Pablo VI en adelante.

En un anterior servicio, www.chiesa ha referido el ataque frontal que Martini hace de la encíclica "Humanae Vitae".

Pero en el libro hay más. Hay una recurrente acusación a la Iglesia de "involución". Mientras al contrario Martini reclama una Iglesia "valiente" y "abierta", como dicen los títulos de dos capítulos del libro.

Sobre todo hay una descripción de Jesús ligada a un ideal de justicia muy terreno. La distancia entre este Jesús y el "Jesús de Nazaret" del libro de Benedicto XVI es impresionante.

El diario de la conferencia episcopal italiana, "Avvenire", al dar la noticia del libro de Martini con ocasión de su lanzamiento en la Feria del Libro de Frankfurt, el 17 de octubre, escribió que "muchas de las consideraciones que allí se expresan, comprensiblemente, generarán discusión" Pero no ha agregado nada más.

"Avvenire" hasta ahora no ha reseñado el libro y nadie espera que lo haga más adelante. Silencio absoluto también en "L'Osservatore Romano".

En privado, en las altas esferas de la jerarquía, las críticas al autor del libro son severas y preocupadas. Pero en público la regla es callar. El temor es que al contestar públicamente las tesis de este libro se agregue daño sobre daño.

¿Pero cuál es, más analíticamente, el "riesgo de la fe" que el cardenal Martini evoca?

Pietro De Marco, profesor en la Universidad de Florencia y en la Facultad Teológica de Italia Central, lo saca a la luz y lo somete a crítica en el comentario que sigue.

Para De Marco el mensaje del cardenal parece "reticente en cuanto a la totalidad de la confesión de fe". Hay en este muchas referencias a las Sagradas Escrituras, pero los artículos del Credo "viven escondidos como si fuese superfluo mencionarlos"

Una evanescencia de los fundamentos de la doctrina que ha distinguido no sólo el recorrido de un gran líder de la Iglesia como Martini, sino una amplia parte de la Iglesia católica de los últimos decenios.

Observaciones sobre "conversaciones nocturnas" de Carlo Maria Martini y Georg Sporschill

por Pietro De Marco

La forma de este libro, una bien construida entrevista acompasada en capítulos introducidos por textos breves, frecuentemente preguntas, de "jóvenes", constituye un testimonio importante de la mente del cardenal Carlo Maria Martini. Y de cuantos lo siguen dentro y fuera de los confines eclesiales.

Del libro subrayaré lo que no me parece que deba aprobar y especialmente lo que me parece ser la íntima contradicción, una contradicción que marca quizá el entero recorrido público del jesuita, ex arzobispo de Milán. Pero rindo homenaje, también filial, a la personalidad grande que se revela, una vez más, en estas páginas, escritas junto con Georg Sporschill, también él un religioso de la Compañía de Jesús.

Parto de la respuesta del cardenal a la pregunta: "¿cómo debería ser hoy la educación religiosa?" (p.19), que equivale a cómo enseñar a alguien a ser un "buen cristiano". Poco antes el cardenal había dicho: un buen cristiano se distingue "porque cree en Dios, tiene confianza, conoce a Cristo, aprende a conocerlo siempre mejor y lo escucha".

En el estilo del libro que parece resolver todo en la dimensión cotidiana, en la verdad de los "mundos vitales", Martini inicia evocando escenas familiares y "usanzas sencillas". Entre estas últimas impresiona ver señalada también la Navidad y la Pascua. Volveré sobre este punto. La educación religiosa propuesta por el cardenal es la de "escuchar las preguntas y los descubrimientos de los jóvenes y aceptarlos", para llegar a su fundamento, la Biblia: "No pensar en modo bíblico nos hace limitados, nos impone anteojeras, no nos permite captar la amplitud de la visión de Dios" (p. 20).

Ciertamente se debe apreciar ese confiado y razonado primado que se le da a la Escritura, en años en los que hay quien propone en el cristianismo una "religión de la razón", o sea una búsqueda de Dios que elimina la Biblia como coacervo de falsedad. Pero cuando el cardenal explica en qué se expresa la "amplitud de la visión de Dios" revelada por la Escritura, la señala en Jesús que se maravilla de la fe de los paganos y acoge en el cielo al ladrón, o en Dios que protege Caín que ha asesinado a su hermano. "En la Biblia Dios ama a los extranjeros, ayuda a los débiles", prosigue el cardenal. Y con ello se desliza a hablar demasiado, en el sermón, que prosigue en la respuesta a la pregunta que sigue: "Debemos aprender a vivir la amplitud del ser católico. Y debemos aprender a conocer a los otros. […] Para proteger esta inmensidad no conozco mejor modo que seguir leyendo la Biblia siempre. […] Dios nos conduce fuera, en la inmensidad. Nos enseña a pensar en modo abierto". Se capta aquí un compendio de pensamiento que amerita un comentario.

Mientras tanto, si la fe/confianza en Dios y el conocimiento/escucha de Cristo son la esencia de la condición cristiana, esta bella fórmula no puede ser usada como suficiente en sí misma. Remitir únicamente a un leer/pensar bíblico y a una "apertura" de corazón permanece del todo indeterminado. La única, mínima determinación en las palabras del cardenal es la que procede de la "apertura a los otros" a la Escritura, para volver a encontrar en esta la misma apertura. Una dinámica circular así, en cuanto importante, es verdaderamente poco respecto a la inmensidad del tesoro escriturístico. ¿Qué hay del conocimiento de las cosas divinas? ¿Del temor y del amor de Dios? ¿De la economía trinitaria? Si la Revelación nos transforma es porque ella implica "infinitamente" más que un pensar "en modo abierto" a la manera de los modernos; un "abierto" que se opone a lo que Sporschill liquida como "mentalidad estrecha".

Este horizonte, que tanto gusta a la intelectualidad laica y católica, explica también la reducción que Martini hace de las grandes festividades del año litúrgico a "simples usanzas". Reducción quizá involuntaria, pero que sin embargo es reveladora. ¿Cuándo en el pensado y frecuentemente profundo razonar del cardenal se entreven la "lex orandi" y la plenitud del misterio litúrgico? Se le escapa el vínculo entre la inmensidad del "pensar en modo bíblico" y la inmensidad del culto cristiano que de verdad nos abre a una liturgia cósmica, aunque por esto no seamos ni nos volvamos unos "espíritus abiertos" a la manera moderna. No es cuestión de hace poco ni reciente. En esto los católicos y más todavía los ortodoxos están en la orilla opuesta respecto a las comunidades protestantes, a las cuales no les ha bastado, para hacer frente a la modernidad, frecuentar la Escritura y "pensar en modo bíblico".

"Vivir la amplitud del ser católico" no se cumple ni en mirar "los pobres, los oprimidos, los enfermos". Lo que el cardenal llama el "riesgo" de la Iglesia de ponerse como un absoluto no me parece evocado en modo pertinente. Lo absoluto de la encarnación del Logos en el cosmos y en la historia no es un "riesgo" sino que es el fundamento de aquella "amplitud", es lo que verdaderamente nos hace "abiertos".

Sin minusvalorar los "mundos vitales" que el cardenal resalta, es en lo absoluto que se radican desde siempre la universalidad y la responsabilidad cristianas. Sólo uno que otro pensador católico insiste todavía, especialmente en Italia, en la ecuación entre "pretensión de verdad" y "cerrazón" intelectual y moral. Me preocupa el pasaje en el que Martini dice: "Los hombres se alejan de los […] diez mandamientos y se construyen una propia religión; este riesgo existe también para nosotros. No hacer a Dios católico. Dios está más allá de los límites y de las definiciones que nosotros establecemos. En la vida tenemos necesidad, es obvio, pero no debemos confundir eso con Dios". Me preocupa porque es altamente riesgosa la idea de que una religión positiva sea en sí misma un alejamiento de un fundamento indeterminado que la precede y le es superior. También desde el punto de vista de la ciencia de las religiones no subsiste per se un religioso indeterminado, común y primario. Sólo las religiones son religiones.

También encuentro infeliz la fórmula del "Dios católico", como que casi las teologías sobre Dios de la "Catholica Ecclesia" representen una indebida apropiación y pérdida del divino, en vez de representar la amorosa y celosa solicitud espiritual y jerárquica por todo lo que ha sido revelado en Cristo. Ciertamente Dios está más allá de nuestras definiciones; pero no es "para la vida" o sea por motivos de practicidad, que nosotros establecemos "definiciones"; en efecto, es mucho más práctico no definir, como prefieren tantos modernos y postmodernos. La admirable teología trinitaria de los concilios y las "summae" teológicas son algo diferente y más que simples contingencias. Son monumentos de alabanza al Dios de Jesucristo erigidos por la razón cristiana. Quizá es difícil para el exegeta moderno - incluso católico y de la generación de Martini - entenderlo.

Todo el recorrido de estas conversaciones nocturnas esconde muchos pasajes riesgosos. Quizá la antigua pericia de escalador de Martini los prefiere, los busca. Para quedarnos en el capítulo primero, en la p. 18 el cardenal dice: "Jesús se batió en nombre de Dios para que vivamos según la justicia". Y en la p. 24: "Jesús osó intervenir y mostrar que el amor de Dios debe cambiar el mundo y sus conflictos. Por esto arriesgó la vida, sacrificándola finalmente en la cruz. Pero su abnegación, ya la vemos antes. […] Creo que esto es su amor, que siento en la comunión, en la oración, con los amigos, en mi misión". No tengo ningún temor de impopularidad al decir que esta cristología de corte liberacionista será también pastoralmente inútil con algunos jóvenes abiertos al progreso, pero me parece seriamente lagunosa. Es inútil que yo recuerde a un gran conocedor de los textos del Nuevo Testamento cuánto es críticamente infundado, además de profundamente reductivo en cuanto al significado de la Revelación, afirmar que Jesús "se batió en nombre de Dios" como uno de los tantos rebeldes religiosos, y que murió en la cruz para cambiar el mundo según las contingentes instancias del mundo (¿paz y justicia según quien y para quién?). Admitamos que la lectura que Martini hace de Jesús implica un antagonismo más espiritual y menos "político"; igual no distingo casi nada de la tradición trinitaria y cristológica. Tradición que inerva en cambio profundamente el "Jesús de Nazaret" de Joseph Ratzinger, sobre el que el padre Sporschill ironiza ("el buen Jesús de Ratzinger") con escasa inteligencia.

Inapropiados sobre el terreno eclesiológico son también diferentes pasajes del capítulo quinto dedicado a la encíclica de Pablo VI "Humanae vitae", que naturalmente han causado escándalo. También el sincero disgusto que el cardenal muestra por la que él considera una desventura en el pontificado del Papa Montini termina con una cola polémica. El Papa publicó la encíclica "con un solitario sentido del deber y movido por una profunda convicción personal", dice Martini, haciendo hincapié fuertemente sobre su aislamiento voluntario. Pero se nos pregunta: ¿De quién se podía fiar Pablo VI, aparte de Roma, en 1968? ¿De episcopados revueltos por las crisis del postconcilio? ¿O de teólogos transformados en intelectualidad rebelde? Parece poco atento dejar escribir de manera provocadora al padre Sporschill: "Suponemos que Benedicto XVI vaya a pedir perdón y retirar la encíclica Humanae vitae" Se equivoca Martini en cubrir con su autoridad la propensión de corrientes eclesiales a "pedir perdón", naturalmente no de los propios errores sino de los de la jerarquía: un deporte irresponsable y sin discernimiento.

También la metáfora de los cuarenta años trascurridos después de la "Humanae vitae", que se toma como los cuarenta años de Israel en el desierto (p. 93), es ambigua. ¿Quién habría guiado a quién, en esta travesía salpicada de infidelidad? ¿El cardenal Martini piensa, como se piensa en los diseminados nidos de los contestatarios, que es el pueblo de Dios el que guía a la Tierra Prometida a una jerarquía resistente al reclamo del Espíritu? ¿O reconoce que ha ocurrido lo contrario: la profunda confirmación de la condición de insustituible de la Iglesia "madre y maestra"? El valor de Pablo VI, fundado en su conciencia del rol de Pedro, fue enorme y - en la larga duración de la solicitud de la Iglesia por el hombre - saludable, como se puede valorar hoy, después de décadas de desorientación y presunción modernizante.

En suma, también apreciando en estas páginas tantas observaciones medidas y de gran delicadeza pastoral, encuentro en el cardenal un conocimiento demasiado débil de lo que es un juego en el actual pasaje de la civilización. Prevalece en él la escucha de las opiniones, de las preocupaciones y de las protestas, internas y externas a la Iglesia, y una programática sintonía con ellas, típica del intelectual. Valga la consideración, de verdad excesiva, que reserva a las tesis del filósofo alemán Herbert Schnädelbach en un ensayo del 2000 sobre las "culpas del cristianismo"

Encuentro reveladora también la respuesta de Martini a las preguntas si nunca tuvo miedo de tomar decisiones equivocadas (p. 64): "por miedo a las decisiones se puede dejar escapar la vida. Quien ha decidido las cosas de manera demasiado aventada o incauta será ayudada por Dios a corregirse. […] No me asustan tanto las defecciones de la Iglesia. Me angustian en cambio, las personas que no piensan. […] Quisiera individuos pensantes. […] Solamente entonces se pondrá la cuestión de si son creyentes o no creyentes. Quien reflexiona será guiado en su camino. Tengo confianza en esto".

Entreveo en estas fórmulas un método a veces adoptado por hombres de Iglesia y en particular por la Compañía de Jesús: atraer a las personas que piensan, no importa si son creyentes; no desviarse por las pasadas o presentes defecciones de la institución; tener confianza en la guía y en la corrección de Dios en este tipo de empresa. Esta valentía frecuentemente se presenta como eficaz, si bien no sabemos qué cosa saldrá de más profundo y decisivo para la formación en la fe y para la misma Iglesia. Pero hay algo esencial que se escapa: ¿Quién juzga las "personas pensantes"? ¿Y pensantes en qué? ¿Qué quiere exactamente el cardenal, si vamos más allá de las generales y generosas fórmulas educativas y entramos en el corazón de la instrucción cristiana? Es evidente que la que expresa el cardenal ha sido también la apuesta por parte de la Iglesia en la larga crisis de hombres y de fe del postconcilio.

Es evidente también el optimismo que rige una tal pedagogía de la providencial realización de sí en la libertad. Pero así se ha minusvalorado y al final favorecido la reducción notable de los hombres de la institución, del clero. No era difícil, en años todavía cercanos a nosotros, escuchar decir a los pastoralistas que la falta de clero es un falso problema y es más bien una oportunidad para la renovación de al transmisión de la fe y para su purificación, naturalmente en sentido "no clerical".

El optimismo que acompaña la conversación nocturna del cardenal Martini no puede ser, pues, propuesto a experimentación futura tan simplemente. Ya ha marcado prácticas pasadas. Y los resultados de este optimismo están bajo el juicio de todos. Se puede sospechar que, tras la fascinación de las fórmulas y el consenso de tantos amigos no creyentes, tal optimismo haya alimentado la íntima contradicción que el cardenal parece traer: por un lado: por un lado una visibilidad cristiana dotada de un perfil "abierto", por el otro un mensaje reticente en cuanto a la confesión de fe completa. En su modelo pedagógico, entre recurrir a la Biblia y familiaridad con los artículos del credo el desequilibrio es notorio: un desequilibrio en el que la Tradición y el Credo viven escondidos como si fuese superfluo mencionarlos.

Una contradicción así marca paradójicamente también las páginas de Carlo Maria Martini sobre los ejercicios espirituales de san Ignacio. Ellos son para el cardenal "ejercicios prácticos y simples que mantienen vivo el amor. Es un poco como en la vida familiar […]. También el amor a Jesús y la intimidad con Dios viven de una conducta cotidiana. No llego a imaginar mi vida sin el agua bendita, etc.". Acojo estas fórmulas delicadas, y en la base de ellas la distinción entre los ejercicios "en su forma completa, sólo para pocos", y los "numerosos ejercicios fáciles" para todos (p. 88). ¿Pero para qué reservar a los simples la primera semana, dedicada (digo por simplicidad) al examen de conciencia, y no permitirles acceder al menos a la segunda? En el texto en italiano del 1555, que traduce la llamada "vulgata", se lee: "La segunda semana es contemplar el reino de Jesucristo como uno terreno que llama sus soldados a la guerra". La redacción de Ignacio es más seca: "El llamamiento del rey temporal ayuda a contemplar la vida del rey eternal", pero no cambia la sustancia. ¿La realeza de Cristo y su llamada son quizá irrelevantes para el "buen cristiano" y para su vida de fe?

Evidentemente para el cardenal Martini no es esencial, más aún, es embarazoso "considerar Christum vocantem omnes suos sub vexillum suum", salvo quizá en una versión toda espiritual. Pero creo que también parte de la Iglesia ha ofuscado demasiado los propios "vexilla" y se ha autolimitado a lo doméstico, sea familiar o comunitario. Lo han sufrido sus necesarios perfiles universales y públicos. Lo ha sufrido su misma dedicación y llamada a la Verdad; ya que si a una familia pueden bastar la costumbre privada del Pater Noster y la lectura de los Evangelios o de los Salmos, esto no basta para la fe y para la misión.

Ni puede bastar, pienso, a la Compañía de Jesús, a sus hombres, a su razón de vida. Ha sido necesario que fuese la cátedra de Pedro la que haga activa y autorizada memoria de todo esto, en las últimas décadas.